Dolores Jiménez y Muro
Amalia Rivera
Es uno de los grandes rostros anónimos de la Revolución mexicana, y una grave omisión en la historia de México. Buscar su nombre implica escarbar, para encontrar, si acaso, su mención como periodista en una breve ficha. Sin embargo esta mujer, que abrazó la causa revolucionaria a los 60 años, reunió ideas y les dio forma que plasmó con su puño en impecable letra inglesa en el Plan Político y Social de Tacubaya. Fue, además, autora nada menos que del prólogo del Plan de Ayala, que dejó plenamente satisfecho a Emiliano Zapata. En cuanto ella se lo presentó, el Caudillo del Sur exclamó entusiasmado: “Esto es precisamente por lo que se pelea, por que se devuelvan las tierras que han sido robadas”.
Dolores fue estratega y revolucionaria profesional de tal altura intelectual y organizativa, que podía sostener un debate de igual a igual con sus compañeros liberales, quienes admiraban su lucidez política y le confiaban plenamente la redacción de materiales políticos, tarea que no encomendaban al resto de las compañeras: se sabe que el trabajo de mecanografía lo realizaba la esposa de Camilo Arriaga, y que otras liberales tenían a su cargo la confección de distintivos, entre otras tareas manuales.
Dolores nació en Aguascalientes el 7 de junio de 1850, pero creció en San Luis Potosí. Era hija de un alto funcionario y fue educada en el ideario del liberalismo juarista, al tiempo que vivió los sobresaltos que aquejaron a la república por la intervención francesa. A fines del siglo XVIII y principios del XIX, el territorio potosino era un auténtico caldero del pensamiento liberal radical, en donde se comenzó a tejer la extensa trama del movimiento armado revolucionario, y en donde además florecieron grupos liberales con la capacidad de editar y difundir sus puntos de vista a través de diversas publicaciones contra el intervencionismo y el porfirismo. El liberalismo que permeaba en diversos grupos era tal que permitió a las mujeres cultivarse y formarse como escritoras y periodistas; incluso eran admitidas en la masonería. Es de suponer, desde luego, que todo ello no era bien visto por el grueso de la sociedad potosina, conservadora en extremo.
A los 24 años, Dolores Jiménez y Muro era una señorita que vestía encajes y moños, y que daba rienda suelta a su sensibilidad en poemas que rechazaban el intervencionismo, patentizando sus anhelos de una patria libre, justa y soberana. Se sabe que en 1874 participa en las fiestas de Independencia declamando algunos de sus poemas que merecieron elogios de Benigno Arriaga y otros escritores. Más tarde serían recopilados en un libro titulado Un rayo de luz.
Frecuentaba los círculos literarios y liberales con su cuñado José María Othón.
En 1883 mueren sus padres y desde entonces empieza a ganarse el sustento por sí misma. Al parecer se emplea como maestra, se corta el cabello y desarrolla labores filantrópicas que por primera vez le permiten ver de cerca la pobreza, al tiempo que denuncia la injusticia en diversas publicaciones.
En 1902 dirige la importante Revista Potosina y más tarde colabora en El Diario del Hogar que dirigía Filomeno Mata.
Su contacto con Camilo Arriaga y Antonio Díaz Soto y Gama la llevan a profundizar en el liberalismo, el anarquismo, y sobre todo en la práctica revolucionaria. En 1907 ingresó al grupo Socialismo Mexicano, cuyo órgano propagandístico era el Anáhuac, y en 1910 abraza con pasión la causa maderista, fundando el Club Femenil Antirreleccionista Hijas de Cuauhtémoc, una de las organizaciones más combativas contra el porfiriato. Ésta se manifestó por el reconocimiento de la igualdad genérica, incluyendo el derecho al sufragio.
En 1911 Dolores milita en el Partido Liberal, en el que rápidamente descuella como estratega y organizadora política, ganándose el respeto y la admiración de sus compañeros, quienes debaten con ella sobre cualquier tópico y escuchan con atención sus propuestas. Es en esos años que se convierte en una profesional de la lucha revolucionaria, organizando a la gente e incluso realizando las tareas clandestinas que exigía la revolución.
En marzo de ese año convocó a manifestaciones en Guerrero, Michoacán Tlaxcala, Puebla y Campeche, en las que se proclamó presidente a Francisco I. Madero. A su talento de organizadora agregó el de política, lo que sin duda se constata en la redacción del Plan Político y Social de Tacubaya, mismo que refleja un profundo conocimiento de las leyes y derechos liberales. El Plan desconocía a Porfirio Díaz, exigía la devolución de tierras al campesinado, aumento salarial para ambos sexos, jornada laboral de ocho horas, libertad de expresión para la prensa, reorganización de las municipalidades suprimidas, protección a los indígenas, abolición de monopolios, y proclama como ley suprema la Constitución de 1857.
El Plan se proclama en Michoacán y Tlaxcala; fue firmado en la sierra de Guerrero como Pacto de Jolalpan. El 31 de octubre es proclamado el Plan en Tacubaya, pero el gobierno de Francisco León de la Barra aborta el complot que buscaba la insurrección generalizada, incluyendo al ejército. Dirigentes como Gildardo Magaña, José Vasconcelos, Francisco J. Múgica y José Domingo Ramírez Garrido logran huir, pero la señorita Dolores Jiménez y Muro termina en la cárcel, adonde llegan también grandes revolucionarias como Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, Elisa Acuña Rossetti, Mercedes A. de Arvide, para quienes pide su liberación mediante una huelga de hambre. Todas éstas eran 30 años más jóvenes que ella, pues para entonces Dolores contaba con 60 años, estaba enferma y no se le permitía comunicarse con nadie, ¡ni siquiera con sus defensores! Su lucha obtuvo frutos y fue liberada más tarde.
La prisión no menguó su ánimo de lucha y al salir libre continúa escribiendo. Se une a las fuerzas zapatistas, con las que se desempeñó como profesora, oradora y redactó numerosos documentos; el más importante fue el prólogo del Plan de Ayala. Zapata la nombró general brigadier.
En 1913 dirigió La voz de Juárez, y durante el régimen huertista desarrolló amplia actividad en el Club Hijas de Cuauhtémoc, rechazando al usurpador, lo que de nuevo la condujo a prisión, esta vez durante once meses. Recibió un trato siempre más duro que el del resto de los prisioneros políticos. Esto no obstó para que detrás de las rejas siguiera denunciando el sanguinario régimen huertista.
Una vez libre continuó escribiendo en El Correo de las Señoras y acudió al llamado de José Vasconcelos para desarrollar diversas misiones culturales entre 1921 y 1924.
La luchadora murió en el anonimato –limbo en el que sigue hasta nuestros días–, a los 75 años, el 15 de octubre en la ciudad de México (1925). Sus poemas y artículos periodísticos se encuentran dispersos en diversas publicaciones.
Nunca contrajo matrimonio y se desconocen pormenores de su vida amorosa, sobre todo por los años que vivió en la clandestinidad. En su memoria, el Programa mexicano para la Participación Equitativa de la Mujer creó el Premio “Dolores Jiménez y Muro”, que se otorga a la trayectoria de periodistas mexicanas destacadas; sin embargo, continúa siendo un rostro anónimo de la revolución –ni siquiera figura como mención en los libros de texto de historia–; aún espera el reconocimiento que merece.
Fuente: www.todamujer.com.mx 2008 |